Lo más importante para volver a clases no cabe en una mochila
Hay una escena que se repite todos los años.
Alguien en la casa pregunta:
“¿Ya compramos los útiles?”
Y de repente empieza la carrera.
Hay que revisar la lista del colegio, buscar el uniforme que seguramente ya quedó pequeño, comprar zapatos nuevos, encontrar la lonchera que más les gusta y, si somos sinceros, recordar dónde terminó la botella de agua del año pasado.
Sin darnos cuenta, agosto se convierte en el mes de las listas.
Y está bien.
Porque todo eso hace falta.
Pero mientras nos ocupamos de preparar lo que los niños van a llevar al colegio, casi nunca nos detenemos a pensar en algo mucho más importante:
¿Cómo queremos que ellos lleguen?
No hablo de llegar temprano.
Hablo de cómo llegan por dentro.
Porque volver a clases no es solamente cambiar la hora del despertador.
Para algunos niños significa reencontrarse con sus mejores amigos.
Para otros significa entrar a un salón nuevo donde todavía no conocen a nadie.
Hay quienes están emocionados.
Y también hay quienes sienten un poco de miedo, aunque no lo digan.
Los adultos tampoco somos muy diferentes.
Después de varias semanas de vacaciones, también nos toca volver a correr.
Regresan los horarios, las actividades, el tráfico, las tareas y esa sensación de que el día otra vez se quedó corto.
Por eso me pregunto si estos últimos días de vacaciones no deberían servir para algo más que terminar de comprar lo que falta.
Tal vez también son una oportunidad para bajar un poco la velocidad antes de volver a acelerarla.
Para desayunar sin mirar el reloj.
Para salir por un helado.
Para sentarse a conversar sobre cómo imaginan este nuevo año.
Para preguntarles qué les emociona y también qué les preocupa.
Porque esas conversaciones no aparecen en la lista de útiles.
Pero probablemente sean las que más recuerden.
Y quizás también sean las que más agradezcamos nosotros cuando la rutina vuelva a instalarse.
A veces pensamos que, para cerrar bien las vacaciones, hay que hacer algo extraordinario.
Un viaje.
Una salida especial.
Un gran plan.
Pero no siempre es así.
Muchas veces, lo que más permanece son los momentos más sencillos.
Una comida donde todos estuvieron realmente presentes.
Una tarde que se alargó sin necesidad de mirar la hora.
Una conversación en el carro.
Un desayuno sin apuro.
Ese último plan espontáneo antes de volver a clases.
Los niños probablemente no recuerden qué cuadernos compraste.
Tampoco recordarán si la lonchera era azul o roja.
Pero sí recordarán cómo se sintieron durante esos últimos días del verano.
Y ahí está, quizás, lo más importante.
No se trata solo de preparar mochilas, uniformes y horarios.
Se trata de preparar el corazón para una nueva etapa.
De recordarles que pueden volver con ilusión, incluso si también sienten nervios.
De hacerles saber que, pase lo que pase durante el día, siempre tendrán un lugar seguro al que regresar.
Y también de recordarnos a nosotros que la rutina no tiene por qué llevarse todo lo bueno del verano.
Podemos volver a los horarios sin dejar de compartir.
Podemos retomar las responsabilidades sin dejar de hacer espacio para una conversación.
Podemos comenzar una nueva etapa sin vivirla en automático.
En Midtown Doral Xperience, agosto también se vive así. Quizás el último desayuno de vacaciones sea con una arepa o un cachito de Don Pan, una medialuna recién horneada en La Mantequería o el comienzo de una nueva tradición descubriendo EVE Argentine Sports Kitchen, que abre sus puertas este 4 de agosto. Tal vez la tarde termine compartiendo un gelato en 4D, una comida italiana en Aprile, una parrillada en El Churrascaso o simplemente regalándote un momento para ti en Grupo Estético mientras retomas tu energía en RZone. Porque, más que lugares para visitar, son escenarios donde esos pequeños momentos terminan convirtiéndose en los recuerdos que sí permanecen.
Después de todo, la rutina vuelve. Lo que vale la pena es decidir con qué recuerdos queremos recibirla.
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