Después del Mundial… ¿y ahora qué?
Durante varias semanas pasó algo curioso.
El grupo de WhatsApp que llevaba meses en silencio volvió a activarse. Alguien preguntaba dónde ver el partido, otro proponía reunirse y siempre aparecía quien quería saber qué íbamos a comer.
Volvimos a buscar una mesa grande. A acomodar las agendas. A llamar a esa persona con la que llevábamos tiempo diciendo: “Tenemos que vernos”.
Todo comenzó por el fútbol, pero rápidamente se convirtió en algo más.
Porque mientras veíamos los partidos, también conversábamos, nos reíamos, discutíamos una jugada como si fuéramos directores técnicos y celebrábamos goles abrazando incluso a quien acabábamos de conocer.
El Mundial nos dio una excusa para reunirnos.
Y ahora que llega el último pitazo, vale la pena preguntarnos algo:
¿También se tienen que acabar los encuentros?
Tal vez esa sea una de las cosas más bonitas que podemos llevarnos de estas semanas. No solamente el recuerdo de una final, una camiseta o una selección, sino la prueba de que sí podemos hacer espacio para compartir cuando realmente nos lo proponemos.
Porque, siendo honestos, muchas veces no es que no tengamos tiempo.
Es que esperamos una ocasión especial.
Esperamos el cumpleaños. La celebración. El feriado. El partido importante. La visita de alguien que vive lejos.
Y mientras esperamos, dejamos pasar muchos días que también pudieron convertirse en buenos recuerdos.
El Mundial nos recordó que una tarde cualquiera puede dejar de ser cualquiera cuando decides vivirla con otras personas. Que no hace falta organizar un gran evento para encontrarnos. A veces basta con enviar un mensaje que diga: “¿Nos vemos?”.
Y precisamente ahora que nos quedan unos días de vacaciones para compartir en familia y con amigos, también podemos ver esta época diferente, porque muchas veces la imaginamos asociada con aeropuertos, maletas y viajes largos. Pero no todas las vacaciones tienen que comenzar lejos de casa. También pueden empezar cuando cambiamos el ritmo, dejamos de mirar tanto el reloj y recuperamos esos pequeños planes que la rutina fue desplazando.
Una mañana sin despertador.
Un desayuno que se alarga.
Una tarde con los niños sin revisar constantemente el teléfono.
Una comida improvisada con los amigos que el Mundial volvió a reunir.
Un helado sin ocasión especial.
Tal vez no podamos convertir cada día en una aventura, pero sí podemos evitar que todo el verano pase en automático.
Ese puede ser nuestro verdadero reto después del Mundial: no perder la costumbre de vernos.
Seguir inventando excusas.
Reunir a la familia para desayunar en Don Pan o compartir un café con medialunas en La Mantequería. Volver a encontrarnos alrededor de una buena mesa en El Churrascaso o Aprile. Terminar una tarde calurosa con un gelato de 4D. Reservar también tiempo para cuidarnos en Grupo Estético CB o mantenernos en movimiento en RZone.
No porque tengamos que llenar las vacaciones de actividades.
Sino porque descansar no siempre significa hacer nada. A veces significa hacer espacio para aquello que durante el resto del año vamos dejando para después.
El Mundial termina, sí.
Se guardan las camisetas. El grupo deja de discutir alineaciones. El álbum finalmente se completa —o queda con esa barajita imposible que nunca apareció— y poco a poco la agenda de partidos desaparece.
Pero las conversaciones no tienen por qué terminar.
Las reuniones tampoco.
Quizás la mejor herencia de este Mundial no sea saber quién levantó la copa. Quizás sea haber recordado lo bien que se siente compartir una mesa, gritar juntos y tener algo que esperar con emoción.
Ahora es modo de dar paso a la otra temporada.
La de los días más largos, los planes espontáneos y las vacaciones que también pueden vivirse cerca.
Así que no dejemos que el último pitazo sea también el último encuentro.
Sigamos reuniéndonos.
Esta vez, sin necesitar un partido como excusa.
Nos vemos en Midtown Doral Xperience.
Porque el Mundial termina, pero las ganas de compartir apenas comienzan.
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